ALFONSO XII; NARIZUDO Y MUJERIEGO, COMO BUEN BORBÓN.

Alfonso XII era un chico moreno, bajito, no mal parecido, el rostro menudo enmarcado por grandes patillas a la moda prusiana. Según Ricardo de la Cierva, su madre era efectivamente Isabel II, pero su padre no era Francisco de Asís, sino Enrique Puig Moltó, uno de los amantes más apuestos de la reina..De salud andaba solamente regular. Tenía afición a las mujeres, no se sabe si por tuberculoso o por Borbón, o por las dos cosas, y también le gustaba codearse con el pueblo más bajo en tabernas y colmaos, como su abuelo Fernando VII. Pese a la oposición de su madre, Isabel II, se casó con su prima hermana María de las Mercedes de Orleans y Borbón, de la que estaba muy enamorado. Esto de que un rey se casara por amor, como los pobres, prestigió mucho a la monarquía a los ojos del pueblo. María de las Mercedes era bajita, guapa y regordeta. Pero la reina murió antes de cumplir dieciocho años, a los seis meses de casada, que fueron para la pareja una prolongada luna de miel durante cual pasaron más de doce horas diarias en la cama, con la consiguiente alarma de los médicos de palacio que temían por la vida del monarca. Las fiebres tifoideas que se llevaron prematuramente a María de las Mercedes /y a todos sus hermanos) fueron provocadas por el agua de los pozos que abastecían el palacio sevillano de San Telmo, residencia familiar, ya que estaban contaminadas por filtraciones de fosas sépticas. El rey necesitaba un heredero que garantizase la continuidad de la monarquía, lo de siempre, así que volvió a casarse, esta vez sin tanto entusiasmo como la primera, por deber de Estado ya que su segunda esposa, María Cristina de Austria, no era lo que se dice su tipo. María Cristina o doña Virtudes, como la llamó el pueblo por su castidad y honradez posterior. Pero el sentido del deber de María Cristina iba más allá de la resignación. Se vieron antes de la boda en la villa de Bellegarde, en Arcachón, y ella había colocado sobre la tapa del piano, que tocaba muy bien, un retrato de María de las Mercedes, gesto que gustó al Rey, así como sus palabras de que respetaría el recuerdo de la muerta y no pretendería nunca suplantarla. Demasiado bonita, ay, para ser cierto. Además, Alfonso le confió al Duque de Sesto, que ponderaba las discretas virtudes estéticas de la novia: «No te esfuerces, Pepe, a mí tampoco me ha parecido muy guapa. Pero te habrás dado cuenta de que la que está bomba es mi suegra...»

 Alfonso cumplió como todo un caballero, pero nunca sintió verdadero amor por ella. Antes y después de casado, Alfonso XII tuvo diversas amantes esporádicas y una fija, fija, la cantante Elena Sanz. Doña María Cristina se enamoró fervientemente de su marido, a pesar de que este le era infiel y pasaba de ella olímpicamente, pero como muchas reinas demostró ser una profesional y disimuló todo lo que pudo. Se ha dicho aunque no parece cierto, que una de las últimas frases de su marido fue: «Cristina, guarda el coño y ya sabes: de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas». Pero los dos términos se cumplieron: la virtud de la Reina fue tan evidente como su acatamiento de la Constitución y del sistema turnante.  Cuando murió su marido y se convirtió en regente (de tuberculosis a los veintiocoho años) retiró la pensión que se le tenía otorgada a Elena Sanz. La antigua cantante, se mosqueó y chantajeó al Gobierno con unas cartas íntimas del rey en las que quedaba patente que era padre de los hijos de ella. Y pese a que no había pruebas de ADN, ni programas televisivos como Tómbola, el gobierno llegó a acuerdos con ella y le compró las cartas por una gran cantidad de dinero.