EL MALETÓN DE SANJURJO
En el aeropuerto de Santa
Cruz, cercano a Lisboa, aterriza la avioneta... que debe conducir a Sanjurjo a
España. El piloto Juan Antonio Ansaldo observa la abultada maleta que a duras
penas arrastra el asistente del general. -Va a ser demasiado peso para la
avioneta -objeta-. Llevamos el depósito a tope de gasolina y la pista es corta y
acaba en árboles. - La maleta tiene que ir -replica el ayudante de Sanjurjo-.
Contiene los uniformes de gala del genral y sus condecoraciones. ¡No va a llegar
a Burgos, en vísperas de la entrada triunfal en Madrid, sin los uniformes!
Ansaldo se resigna. Acomodan el maletón en el espacio de carga y suben al aparato. Lastrada con ese fardo, y con el general, que también pesa lo suyo, la aeronave se desliza por el prado herboso. El piloto acelera el motor al máximo mientras retiene el aparto en tierra, la palanca adelantada, para que, al tirar de ella bruscamente hacia atrás, la potencia acumulada lo catapulte en el aire y le permita ganar altura en pocos segundos. Casi lo consigue: la avioneta se eleva sobre la pista, pero las ruedas tropiezan en la copa de un árbol... Esa noche, en Lisboa, el marqués de Quintanar acude a la capilla ardiente en la que se vela el cadáver del general golpista: "¡Sanjurjo ha muerto!, exclama-. ¡Viva Franco!". Palabras proféticas. Sanjurjo ha muerto, pero Franco, más vivo que nunca, mueve los hilos del golpe de estado con prudencia y diligencia. El ABC de Sevilla denomina a la rebelión militar "Cruzada en defensa de España", y unos días más tarde llamará a Franco "Caudillo".