JOVELLANOS

Nació Jovellanos en Gijón el 6 de Enero de 1774. Aunque de familia hidalga, tuvo que ganarse la vida como todo el mundo, a los 13 años se metió a clérigo y se tuvo que ir a Oviedo, donde reinaba el admirable Padre Feijoo. De ahí marchó a Ávila, seis años decisivos que lo convirtieron en adulto y lo acostumbraron a la soledad y al horizonte, rematando sus estudios en Alcalá. No aguantó la sotana, pero siguió siempre soltero, no se sabe sin porque quiso y no pudo casarse. Después hizo su carrera en la justicia, trasladándose a la Audiencia de Sevilla. 

Jovellanos es un ilustrado en el sentido estricto del término y durante toda su vida intento aplicar la razón y el progreso a esa España del Antiguo Régimen que le toco vivir. El proceso de Olavide, que había sido su amigo, mentor y anfitrión sevillano, fue el primer golpe serio que le hizo ver a Jovellanos las dificultades de su prpósito político, Campomanes, su paisano y protector, lo sacó rápidamente de Sevilla -de donde cuentan que salió llorando- y se lo llevó a Madrid. La Sociedad Económica Matritense es de donde van a partir sus obras e ideas más importantes.  De ahí sale su informe sobre la Ley Agraria que se convierte en bandera de los reformistas Godoy  lo nombra ministro de Gracia y Justicia, ministerio desde donde lleva a cabo, entre otras muchas cosas, la práctica eliminación del Santo Oficio, la limitación de la censura de libros y una desamortización de bienes eclesiásticos de gran  alcance, la primera de nuestra historia moderna y el precedente de la desamortización de Mendizabal. Pero había atacado a la base de la estructura social y económica del Antiguo Régimen y a los nueve meses, lo mismo que dura un embarazo, es denunciado y llevado a prisión a Mallorca, en condiciones tan espantosas que su cuerpo se cubre de llagas. Comienza ahí una tragedia que durará hasta su muerte y que explica su célebre frase esperando que se le recuerde «con lástima y ternura».   El frío, la humedad, la inclemencia de los carceleros, las inútiles peticiones de clemencia a los reyes, acaban con su salud. Pero no con su ánimo. Cuando llega la invasión napoleónica Jovellanos se niega a aceptar a Pepe Botella, José I, y se pone a trabajar en la reorganización del Estado y en la defensa de la nación a través de las Juntas y, en lo legal, trabajando en nuestra primera Constitución, la de Cádiz de 1812, popularmente llamada La Pepa. Yendo y viniendo de Cádiz, naufragando, huyendo, peleando, discutiendo, buscando siempre un punto de concordia entre los conservadores y los exaltados para que la Constitución saliera adelante con el acuerdo de todos, jugándose continuamente la vida por su país y por la libertad de todos. De las dos vertientes de la guerra civil, la lucha contra el Antiguo Régimen tiene en Jovellanos un personaje principal. Después se fue a morir a Asturias, pero antes tuvo que ve como a la llegada de Fernando VII y tras el golpe del general Elio, el manifiesto de los persas y la indiferencia popular (como dijo Marx "actos sin ideas, ideas sin actos), el deseado, aboliera la Pepa y restituyera el Antiguo Régimen.  Sus últimas palabras fueron éstas: «¡Nación sin cabeza!» «¡Desdichado de mí!». Sería un precursor, no sólo de los regeneracionistas, o de la generación del 98, sino también de toda la historia de España del siglo XIX y siglo XX.

                                                    Basado en uno de los nuestros de Jiménez los Santos.