SAGASTANació Sagasta en Torrecilla de Cameros (Logroño). Tiene una historia de amor digna de ser contada en uno de esos programas de televisión que ahora se llevan tanto. A Angelita Vidal, el coronel de su padre la había casado con un capitán en contra de su voluntad con 17 años, cuando salía de la Iglesia Sagasta la rapto y se la llevó, no pudiéndose casar con ella hasta que murió el capitán pero vivieron juntos veintinueve años, nada más y nada menos, para los que presumen de modernos. Cuando se pusieron casar él tenía sesenta años y ella cuarenta y seis. Parece una historia sacada de una fotonovela, o de una gran novela como el "amor en los tiempos del cólera"
Don Práxedes Mateo Sagasta fue nada menos que siete veces presidente del Gobierno, aunque ahora se le recuerde sólo en 1898, cuando España perdió Cuba y Filipinas, en las Cortes, pronunció 2.542 discursos; de ellos, 1695 en el Congreso, del que también fue presidente, y 847 en el Senado. Sagasta empezó en esto de la política en la extrema izquierda, siendo comandante de Las Milicias Nacionales y apuntándose al anticlericalismo de esta etapa. Después creó el partido fusionista y después del pacto del Pardo consolidó con Cánovas el bipartidismo típico de la Restauración, su lema era "No hay orden sin libertad, ni libertad sin orden". En serio, me encanta la frase y me gustaría que se pudiera aplicar, mientras tanto habrá que seguir intentándolo.
El gesto más celebrado tuvo lugar cuando empezaba su carrera política durante uno de los enfrentamientos del liberallismo radical o esparterista (representado por la Milicia Nacional) con el liberalismo moderado (representado por las tropas de O4Donell), Don Práxedes, tras haberse batido en las calles al frente de sus milicianos, volvió a las Cortes, donde tenía su escaño de diputado por Zamora.
Y quiso el destino que, estando el uso de la palabra, cayera a su lado un cascote de las bombas que O,Donnell lanzaba contra la Carrera de San Jerónimo. Sagasta cogió un pedazo de hierro aún caliente y dijo a la presidencia:
- Pido que conste en acta.
Y constó, claro.
No fue fácil su tránsito desde la extrema izquierda liberal, incluida la Milicia Nacional que era su brazo armado, hasta la jefatura del Partido Progresista, tras bautizarse como fusionista. Tuvo a favor su condición masónica, donde alcanzó el grado 33, y supo maniobrar hasta colocarse como jefe de la facción moderada, dejando a al izquierda a Ruiz Zorrilla, su amigo y luego rival.
Mientras éste se mantenía en la línea miliciana y conspiratoria. Sagasta atravesó la Gloriosa hasta desembocar en el Gobierno con Amadeo de Saboya. Antes se impuso silencio sobre el asesinato de Prim, su jefe, quizás porque sabía demasiado o porque, siendo la reina Mercedes hija del asesino Montpensier, no quiso comprometer al trono. Su época de gloria son los años 80, los cinco primeros en la oposición y los cinco segundos en el gobierno. Su decandencia, en los años 90, cuyo momento álgido, es decir, doloroso, es el 98. Y desde ahí, con el desastre a cuestas, hasta su total decadencia física y muerte en 1903, tras un soponcio que le sobrevino en las Cortes, justamente al final de un discurso en defensa del trono. Su sexta llegada al Gobierno, en 1897, fue a petición expresa de la reina María Cristina, con la que Sagasta tenía magnifica relacion. La causa era tan lógica como sombría: el asesinato de Cánovas por el anarquista Angiolillo, que pretendía vengar los fusilamientos de Montjuich, denunciados en la prensa europea como un renacer de la Inquisición.
Pero Sagasta tuvo el castigo de los demagogos: encontrarse enfrente a otros demagogos más desvergonzados,o lo que es lo mismo, a quien hierro mata a hierro muere. Entonces fue realmente «el político de las horas difíciles». Difíciles también porque él no las hizo más fáciles. Durante las discusiones en las Cortes, los partidos echaron sobre Sagasta el fardo de la derrota, cuando casi todos la habían propiciado y muy pocos combatido. Pero ése era sin duda el destino de un hombre que vivió para la política y murió por ella. Después de protagonizar tantos episodios, casi pasa a la historia sólo como el hombre que perdió cuba. La política, en fin.
Basado en uno de los nuestros de Federico Jiménez los Santos